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21/04/04
Ahora que todo son ventajas
Como ya saben -o imaginan, o descubren en esta línea-, ahora tengo una ciudad nueva y un barrio nuevo y un gato nuevo que se va mañana (al gato lo voy a echar de menos una barbaridad, a la ciudad y al barrio viejo apenas los estoy añorando). Como tengo una ciudad nueva y soy, por tanto, nuevo, tengo muchas ventajas sobre los que ya estaban aquí cuando llegué. Los inconvenientes también son muchos, pero prefiero no enumerarlos. Por ejemplo, tengo otros ojos que me vienen bien para encontrar rincones. Todos los días subo por el casco antiguo para llegar a casa, y paso muchas veces por el Convento de las monjas de la Sangre. Cuando subo, me fijo en el cartel y suelo pensar en las monjitas hace años; subiendo por otra parte, paso por la calle Marsella, que viene a ser una sucursal de las calles de la medina de Tánger, o viceversa. Pero lo mejor, lo mejor de todo, es pasar por una de las calles en obras, junto a la pared de la que han quitado la pintada que me pediste que fotografiara, y mirar esas calles por las que pasamos. Y pienso que ese lugar es mío y tuyo, y que toda esa gente que pasa por allí, incautos, no lo saben. 11/04/04
El último vuelo de Exupéry
![]() Cualquiera puede imaginar a ese aviador que llevaba el correo de noche por toda la costa africana, saliendo de Marsella y pasando por Alicante. Volaba siempre solo, o porque no podía soportar a nadie, o porque nadie le soportaba los silencios en pleno vuelo. Cualquiera puede imaginárselo, algo ceñudo y de mal humor preguntándose cómo se podían haber echado a perder tantos niños convirtiéndose en hombres y mujeres; tampoco es difícil imaginarlo rechazando participar en la Gran Guerra, y participando en la segunda, visto el desastre que se avecinaba. Lo que se hace más complicado es imaginar qué pasaría por la cabeza de Antoine de Saint Exupéry el 31 de julio de 1944 cuando su avión bajaba en picado hacia el mar y la muerte ¿Cómo un piloto con cientos de miles de horas de vuelo pudo fallar ahí? ¿por qué no se salvó, como se había salvado de tantas otras situaciones peores? ¿era ya el mundo tan horrible? -------------------------- (Por cierto, no se lo he dicho, pero les recomiendo vivamente que le lean)
Playlist para una noche de historias
... Vaya, en una sola semana dos notas que no lo son, porque no voy a postearlas. Quizá vaya al médico a que me lo mire. 09/04/04![]() Jose R. Carralero ya tiene un disco en la calle, cuyas canciones pueden oír (y en algún caso descargar) aquí mismo.
El club de arponeros de la bahía de Nantucket
Pertenezco a uno de los clubs (que Lázaro Carreter me perdone) más exclusivos que conozco: el que da título a esta nota. Somos sólo tres socios, y he de decir no sin cierto orgullo que ostento el título de Achab. Los otros son Ismael y Quebqueg, y solíamos circunscribir las actividades de nuestro club a las salidas nocturnas. Ahora ya sólo convocamos reuniones para no dejar morir esa hermandad mínima, y por lo que respecta a mis compañeros, aún siguen con el arpón cargado al hombro, oteando en el horizonte una estela de agua y vapor. 08/04/04
Sé lo que te va a pasar
Volvía tren, en un trayecto largo, de esos de punta a punta de España. No sé si alguna vez han viajado de noche en tren: el vagón-restaurante se convierte en el vagón-insomne hasta que a las dos de la mañana nos echan a todos. Se reúne gente de todo tipo, y muchas veces pintoresca (no les voy a aburrir ahora con detalles de los pasajeros). Sentado frente a la barra, sentí de repente un escalofrío que recorrió mi espina dorsal. Acababa de pasar un persona por detrás de mí. Al poco volvió a pasar, y volví a sentir ese escalofrío. Era un hombre normal, sin ninguna particularidad aparente. Pasó una tercera vez, y el escalofrío se manifestó de nuevo; en seguida pensé, no sé por qué: "Esta persona va a morir dentro de poco", y me horrorizé inmediatamente de mi pensamiento. Aún pasó un par de veces más, y como ya imaginan, mi columna volvió a estremecerse ¿Tenía que haberle dicho algo? ¿Me hubiera tomado por un trastornado? Le miré entonces: no hablaba con nadie, pero tampoco viajaba solo. Aquella noche no dormí bien. He retrasado ex-professo la escritura de esta nota unos cuatro meses porque todavía me dura el susto.
Para toda la vida
Me pasó bajando a toda prisa por una calle estrecha. Al llegar a la esquina, cerca de Correos, vi unas letras doradas (calculo que de cuerpo 206, más o menos), metálicas, que decían: V I T A L I C I O Aunque pasé, como digo, a toda velocidad, miré de soslayo a los altos, y pensé que ya no se construye como antes. Ahora resulta que tengo al menos otra familia. A la sanguínea, de corriente, se le añade la familia que uno escoge, y que suele estar conformada por tipos más o menos peculiares de las necesidades de cada uno; son los amigos y los no tan amigos, pero que entran en uno y de repente te entra la necesidad de cuidar y querer a un prójimo. Ahora resulta que tengo aún una familia más, una familia que quiere cuidarme contra viento y marea, y que me ha salido como al que le crece una extremidad donde tenía la perdida.
En un camino
¿Conocen ustedes la historia del ángel del huerto y el de la colmena, de los que hablaban el apicultor y el monje compartiendo viandas a la vera del camino? ¿No? Pues no saben lo que se están perdiendo. De verdad. Desgraciadamente, no puedo contársela, porque de momento, esa historia es un regalo que me han hecho, y no me parecería bien irlo compartiendo con el primero que entra en lamentira con su navegador. Que no. Que he dicho que no , leñe; no se pongan pesados. 06/04/04
Un gato
Hiru es un gato que no le tiene miedo al fuego. Lo mira con aburrimiento, y a veces le llama la atención el humo de los cigarrillos, pero huye estornudando de él todas las veces. Hiru me sigue por toda la casa, escaleras arriba y abajo, y trata de domarme. Tiene el pelo amarillo y todavía está echando los dientes, así que me muerde sin demasiada fuerza, y cuando hace presa y se pregunta cómo ha sido tan fácil, abre la boca y, aburrido, mira para otro lado. A mí, particularmente, Hiru me sirve para calentarme el regazo en la silla y los pies en la cama, para acompañarme y darme un poco de trabajo más, y para sentirme acompañado. Ahora, al entrar a casa, le llamo para ponerle su comida, y le cuento siempre la historia de Hiru, un gato que alguien abandonó y otro alguien encontró. Desgraciadamente, no pudo quedarse con la persona que escogió, mi amigo Paco; pero ya se sabe que la forma de los deseos es caprichosa, y ahora ya ha encontrado la horma de su zapato. |
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