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Lo ha mentido el Mentiroso. 8.11.04 (3) comentar
Órganos vitales, 2 (+) Me tiemblan las manos. Ambas. Me tiemblan ambas manos y no sé por qué. Me han dicho que debe ser por el cansancio. Que debe ser. Ha hecho calor todo el día y por la noche ha reventado en una lluvia violenta, a rachas, como no recordaba aquí hace años. Con este tiempo, hay muchos cambios de presión, más cosas que hacer, menos horas cada día. Debe ser por el cansancio (debe de ser el cansancio, me repito), y no por el corazón acelerado, no por la mente en un lugar diferente al del cuerpo, no por la inminencia de abandonar esta casa, debe ser por el cansancio. Puede que las manos tengan recuerdos, no sensitivos, sino recuerdos completos, como cuando un olor nos trae de golpe ese día de la niñez que rodamos incrédulos una canica en la mano, que nos tostaron el pan de la merienda, que las buenas noches llevaban beso; si tienen un recuerdo y tiemblan, puede que tengan miedo, puede que tengan añoranza o puede que teman que se repita ese recuerdo. O que no se vaya a repetir. He hecho una lista todo lo minuciosa y exhaustiva que he podido de todos y cada uno de los objetos que han tocado hoy. En la parte superior de la lista he puesto los objetos que han cogido, en el centro los que sólo han tocado, y abajo los que han tocado pero por su peso o tamaño no podían coger. He trazado una línea vertical en el cuaderno, y al otro lado he puesto todas las personas que han tocado hoy. No he podido diferenciar entre tocar y coger, pero no creo que sea importante. Como tocan más objetos que personas, en el espacio que quedaba debajo he apuntado las cosas que han querido tocar pero no han podido, y he empezado a escribir las cosas que no han tocado; cuando la lista era satisfactoriamente larga, la he releído, pero no estaba ahí el temblor. Como si el corazón tiene una arteria obturada, un coágulo se nos forma en el cerebro, o el cáncer se nos agarra al hígado, cuando las manos son órganos vitales un temblor anuncia la falta irremediable de algo, el recuerdo terrible de algo, y cuando se frotan entre sí deseando ser otras, un ascua escondida en el centro de la palma vuelve, nos esperaba, nos recuerda que nos falta alguna cosa esencial. Creo mis manos tratan de decirme algo. Addenda: la cerca de les paraules Lo ha mentido el Mentiroso. 6.11.04 (0) comentar
Nunca se sabrá por qué Ms. Tickle cogió aquel tren. Los pocos pasajeros que la recuerdan y fueron interrogados por la policía hablan de una palidez en la piel, de unos guantes rojos muy llamativos que apretaba en una mano, sin ponérselos, y de una maleta con forma de sombrerero. Cada uno de los testigos recuerda uno de los datos, pero ninguno de los otros dos. Mr. Shroud consultaba su reloj de cadena en el portal de su otra casa. Aunque era contable, mantenía en secreto aquella vivienda porque la dedicaba a una pasión que consideraba vergonzosa: pintar. Aquella tarde acabaría el paisaje de un bosque donde el suelo estaría cubierto de hojas de almanaque. Murió la noche siguiente. Al descubrir la existencia del piso y de ese último cuadro, su viuda comprobó consternada que en una de las hojas estaban pintados todos los números del mes menos el del día de su muerte. Carla Groin planeó durante meses su suicidio. Considerando su vida mediocre, de ocho de la mañana a una de la tarde y de una y media de la tarde a ocho de la noche, duración su jornada laboral en la fábrica de piezas de automóviles, las dedicaba a imaginar todos y cada uno de los detalles: el horno gas abierto, la liberación del chorro invadiendo el aire, la hora en que la casa de huéspedes estaba vacía, los paños en la rendija de la puerta, la carta en blanco porque no tenía de quién despedirse y las palabras exactas que nunca escribiría en ella. La mañana que decidió que lo haría al llegar a la casa, su compañera en la cadena de montaje levantó por primera vez la mirada, fijó sus ojos en los de Carla y sonrió. Volvió al trabajo y Carla no pensó nunca más en el suicidio. A la modelo empezaban a dormírsele las piernas tras tres cuartos de hora posando. No le importaba permanecer desnuda, ni exponerse a las miradas del artista y sus amigos. La inmovilidad le era insoportable. Necesitaba el dinero de esos posados de fin de semana, y sólo podía distraerse mirando por la ventana; con el frío ya no la abrían tan a menudo, y ni siquiera tenía ese consuelo. Empezaba a pensar seriamente en el suicidio. El contable Shroud admiraba las pinceladas rápidas y suaves de su amigo sobre el lienzo. A pesar de que pagaba a una modelo, los cuadros jamás se parecían a ella. Decidió pintar el patio ocre que se veía desde la casa que heredó de sus padres "Un patio no me va a cobrar por posar", pensó. Pasado un mes de su desaparición, los criados se atrevieron a abrir los cajones de Ms. Tickle. Encontraron una carta de despedida, pero ni los nombres, ni la letra, ni lo que se decía en ella tenía nada que ver con Ms. Tickle. Se despidieron de la casa, y un mes después, a uno de ellos le pareció verla en el cartel de una escuela de samba, en tournée por su ciudad. Los colores del cartel desentonaban tanto con el ladrillo de las casas, que tuvo que apartar la vista en seguida. Es el reino del otoño. Lo ha mentido el Mentiroso. 4.11.04 (1) comentar
Crítica literaria Ahora, sin embargo, que estamos iguales porque tú quieres, me parece más azar el azar que me trajo; ahora que son muchas las lecturas que llevo, y pienso -la realidad obliga- que es mejor confiarse a uno mismo. Recuerdo la primera vez que leí los cuentos de Poe (el horror y la anticipación, la entrada de lo fantástico en la vida, la posibilidad en las personas del dolor y la miseria) y qué dejan y qué quitan. Para siempre. El conocimiento es irreversible; también la locura y la huella del deseo. Recuerdo muy bien la primera lectura de Bowles (el desierto era menos mítico, el viaje era quimera) la cercanía de la libertad y la locura, el deshecho de la vida y el calor inspirador, la posiblidad de fatigarse en un libro. Recuerdo todas las lecturas que he hecho de Camus (líbrame, Señor etc. etc...) a pesar del escozor en el pecho, de las agujas atravesando cada una de las palabras, estaba la imposibilidad de no leerlo, de no saber el sufrimiento que había urdido porque estaba antes en él. La sensación de inevitabilidad en la literatura no nos abre más que puertas. Aunque la vida dañe de por sí, ahora que estamos iguales porque tú quieres, porque tú me has traído a esta playa, porque tú me llevabas en tu texto sin saberlo. la sensación volátil (de mariposas añrañando el pecho) que deja Borges cuando la trama está bien urdida, cuando es reveladora, daña y cicatriza. Peor que una enfermedad. Lo que mejor recuerdo es la primera lectura de El viejo y el mar (la derrota sobre la derrota, el otro desierto, la fatalidad y la lucha) no sé qué pensaría ahora, pero era la mejor novela, si hay algo de inevitable en la vida, está ahí. Gracias, Gutenberg Lo ha mentido el Mentiroso. 2.11.04 (1) comentar
La danza del tigre (...) Cuando vuelven de la caza con un jaguar, tiene lugar esa noche el baile del tigre, que se diferencia del ya descrito en que las mujeres lamentan y lloran con gran excitación para conjurar y reconciliar el alma del tigre; de otro modo no lo apaciguarían, lo que causaría la muerte del cazador. tigre Lo ha mentido el Mentiroso. 1.11.04
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